jueves, 12 de abril de 2012

PERDIDOS

Me pareció el mundo inofensivo esa tarde, y yo que suelo ser de hueso chueco y torcido. El tono amarillo del sol que bañaba el césped y los árboles así- parecía tan correcto, exacto, y las nubes estirando su blanco hasta ceder ante el inmenso azul, livianas en su sueño sobre el viento que las sostenía para no caer. Parecía que el mundo me anidaba en su panza de madre y que al menos por esa tarde podía comer el aire con la boca del alma. La calma se había hecho tan tangible y la razón me parecía que era tan sencilla como innecesaria, volando como voló ese pájaro sobre nosotros, avanzando a su ritmo sobre la vorágine del mundo, diciéndonos que existe, burlando la gravedad con las plumas de su naturaleza tan próxima e incomprensible.
María parecía no sentir lo mismo, para ella era un momento indistinguible y me daba cierta pena sentir que solo yo no olvidaría esa tarde, que seria esa tarde solo mía.
Estábamos en el cerro con las mochilas a un costado. Agua y frutas. Nos gustaba estar tranquilos. Sentíamos que de esa manera compensábamos todo lo asqueroso. Compensar un mundo que mas que girar parece caer.
Con ella no era necesario hablar demasiado, eramos una pareja que parecía conocerse desde mucho tiempo atrás. Unas pocas palabras bastaban. El resto era kinésica y amor retocado. No nos demandábamos mucho tiempo y no nos preocupábamos por la completa fidelidad del otro. Las cosas eran así, y mejor no pudo ser. Ni moralistas, ni cristianos, ni educados.
María pintaba. Ella decía que sus pinturas eran regalos, por lo cual salia a colgarlas por la ciudad. En algún poste o en los muros para que el universo se encargara de que cayeran en las manos que tenía que caer. Tenia un rollo interesante, aunque a veces la sentía loca y demasiada ensimismada y perdida. Pero no importaba, su locura era honda, una locura que escondía en su sombra, iba con ella para todas partes, eran sus ojos que parecían venir de una realidad sin precedentes, su fantasma, su secreto, su alma.
Ella se quería, no tenia problemas con ella misma a diferencia de mi, que vivo en constantes dualidades. Se quería y decía que el problema era el resto, la pila de carne andante que había hecho del mundo una fábrica de monos frívolos con falta de lengua y piel. Me gustaba como hablaba, y me el arte que tenia al besar.
La tarde estaba exquisita y a medida que avanzaba el tiempo los colores tornaban de amarillos a rojos atravesando un abanico de colores rosas al igual que los atardeceres de dragon ball. María estaba preocupada, la habían pateado del trabajo justo cuando estaba reuniendo dinero para arrendar un taller y comprar materiales, salir a regalar y vender unas cuantas pinturas mas-  recuerdo que algo menciono sobre alguien que quería pagar por sus pinturas. Tal vez algún amante de baja autoestima y de bolsillo ancho. Yo la animaba con caricias y malos consejos que terminaban siendo chistes- de alguna forma era mejor así, la hacía reír y soltar sus preocupaciones al menos por un rato. A pesar de que la cualidad horrible de mis consejos me hacían sentir un idiota, me daba la impresión, de que era mejor así. 
Fue la mejor tarde de hace mucho, y probablemente el mejor día. Y es que parecía que realmente estaba entendiendo a dios. Dios es una telaraña fina, un sistema que conecta unos puntos con otros desde una existencia atemporal, el universo. Sin conciencia, ni verdad. No se que sucedía exactamente en esos momentos que ocurrían unos tras otros y me hacían sentir palpitante la energía del contexto en el cual estaba sumergido en ese tiempo. Estaba ahí, el paraíso estaba ahí, alguna especie de portal se había abierto y definitivamente era uno de los buenos. Trate de que María sintiera eso también, que atravesara ese portal conmigo, que se estirara en esa dimensión hasta desintegrarse en el olvido. Pero me fue imposible y escuchando a los pájaros con sus cantos intente decírselo como dicen ellos y me puse a silbar torpemente en su oído hasta encontrar la melodía adecuada. Pero ella no lo entendió. Me dijo que era un pendejo y me dio un empujón. Yo sabia que no lo decía enserio, ella no lo podía entender todo, y a lo lejos su carácter me era insoportable y difícil de manejar cuando su alma merodeaba en los confines oscuros de su cráneo.  
Antes cuando salíamos por las noches perdíamos el control, no siempre fuimos la pareja ñoña del picnic. Yo a menudo me ponía a pelear con algún bruto- a veces ganaba y otras no A ella le daba por saltar arriba de los autos como si se tratase de un colchón. Éramos personas inestables- a mi me apestaba la mayoría de la gente y a ella nunca le gustaron los metales. La manera en que nos conocimos fue en una noche terrible. Yo estaba en la calle alrededor de las 4 a.m. sentado en el suelo apoyando la espalda en un muro sucio, tenia la nariz rota, la boca rajada, los ojos hinchados y estaba llorando como nunca he llorado- me había ganado una gran paliza. Ese momento fue el peor, me dolía hasta el llorar. Pero no era solo eso, tras la paliza me sentí inútil, desechable, imperceptible y quebrado. Se me iba el sentido, siempre riéndome de lo confuso que me parecían las cosas, quedándome sin amigos y los que me quedaban eran unos idiotas fundidos en sustancias fabricadas en el planeta rojo. Me sentía un rey de idiotas, una rata húmeda tendida en las afueras de un barrio demacrado que se iba cayendo a pedazos. Ensangrentado, llorando, vacío, sucio y envenenado por la mala racha y el buen beber. En ese oportuno momento es cuando apareció María inexpresiva con sus latas de cerveza. Ella salía beber por las calles, no bebía lo suficiente pero le gustaba eso de beber al aire libre como los vagabundos. Me ofreció beber y así fue como empezó todo. Preferiría omitir lo que sucedió después de eso. Pero ella me consoló. Ella supo estar ahí para un tipo que no sabia ni donde estaba. 
Tras ese primer contacto, pasado unos días, nos volvimos a ver y le costo reconocer mi rostro deshinchado. Se dio cuenta que no era tan feo, pero que tampoco era un chico lindo. Era otro mas en el punto medio y estaba relleno. Nos fuimos a vagar y las cosas se dieron bien. Me gusto bastante su honestidad y aquella ternura tímida que intentaba ocultar. Seguimos un año destrozando la ciudad hasta que maduramos y tres años después llego la tarde que no esperaba.
Ya para ese entonces habíamos cambiado, seguíamos siendo inestables pero al menos habíamos encontrado la manera de lidiar con las incomodidades que nos espantaban. Éramos más felices –si es que eso realmente existe- y habíamos vencido a un par de demonios corpulentos. 
A mi me pareció interesante el hecho de habernos encontrado en nuestras vidas, parecía que el destino realmente existía, y seguido salía a flote el destino cuando dialogábamos sobre nuestro encuentro y desarrollo. Ella con sus latas y yo deforme llorando. El universo nos dio la mano y la supimos agarrar a nuestro modo, el modo que tenia que ser. No éramos tan malos después de todo.
Aquella tarde en el cerro, realmente sucedía algo. Demasiado personal para compartirlo con María por mucho que intente que fuera así. Ni si quiera en pájaro lo pudo entender. La verdad es que ni yo lo entendía al cien, solo me parecía que la vida era sencilla y yo no soy bueno para esos sentimientos sonrientes. Me daba cuenta que volvía a cambiar nuevamente, que me estaba poniendo viejo y eso estaba bien, porque la edad da razón, y estaba aprendiendo a contemplar escenarios apartando al pasado y solo siendo un árbol mas con las raíces a salvo bajo la tierra en donde caí. O al menos, así lo entendí.
María siempre fue superior a mí, ella probablemente ya había pasado por eso-como pintar sin haber pasado por el portal- pensé. Antes de ella yo estaba perdido, o al menos perdido de mala forma, porque siempre he sido un perdido y ella siempre será una perdida y en el día de nuestra muerte estaremos perdidos.
Yo continuaba peleando de vez en cuando, eso no lo cambiaba por nada, me parece totalmente honesto recibir unos cuantos puños y darlos. No me interesa reprimir el instinto de lucha, ese momento perfecto en donde el juego se hace real y el temor y el valor domina los movimientos, y ya cuando todo termina, por unos minutos no hay memoria, no hay nada, existe la calma de haber ganado o la calma de haber perdido, porque perder no esta mal, a veces hay que perder y dejarse caer después de recibir un buen golpe digno de una bella derrota. Si ella pintaba, yo peleaba. Trataba de no hacerme muy bueno en eso, para no dejar de perder.
Para elegir un contrincante hay que mezclarse entre los tipos enfermos de estrés, a veces los encuentras en los bares con pocos amigos o con ninguno bebiendo hasta que sale el sol, o a veces en la misma calle mirando con desprecio el pavimento y poniéndole mala cara a la polución. Realmente hay arte que nadie ve, que solo alcanza la experiencia del presente. Tengo claro porque he terminado encontrando la preciosidad de la violencia. Vengo de una ciudad descuidada, de malos médicos e hijos no deseados.
Amaba el largo cabello de María que tocaba su cintura y brillaba con las luces. Siempre la imagine dueña del mar, una sirena de largos cabellos. Si supiera pintar la pintaría así, en medio del mar con su cabello revolviendo el azul de un océano inventado. Habíamos sido afortunados. Jamás supe como pudo fijarse en un deforme llorón.
Como será de impredecible todo, que lo que teníamos tuvo que terminar. Fue un momento difícil pero no estaba tan triste, sabia que se acostaba con otros buenos tipos, al igual que yo con malas mujeres. No le costaría olvidarme, eso quería creer.
Cuando todo se fue al derrumbe fue en una noche de octubre. Venia agotado de hablar tonterías en un bar con unos malos tipos pero buenos amigos que encontré por casualidad entre calles que no me eran muy familiares. Iba de regreso a casa y pensaba llamar a María para comer algo juntos. Cuando desde las distancias escuche gritos e insultos irracionales. Era uno de esos idiotas rapados que se entretienen golpeando a maricas y vagabundos. Estaba masacrando con un bate a un pobre vago que si bien no conocía, me era buen tipo- muchos vagabundos son buenos tipos. Desde la vereda de al frente vi como lo pateaba y con el bate luego le golpeaba la espalda sin ninguna piedad. Yo no creo ser un ejemplo, pero tampoco me gusta esa clase de espectáculos sin sentido alguno. Me aproxime sigilosamente hasta estar oculto a metros de ellos detrás de un par de autos, y agachado me fui acercando a el mientras continuaba pateando al pobre vago, y en uno de sus descuidos le arrebate el bate de sus manos y le di con el en su brillante cabeza rapada. Lastima la mía en aplicar demasiada fuerza que le rompí la cabeza, tal y como un niño rompe a una piñata. Ayude al viejo a ponerse de pie y lo lleve al hospital, que para suerte de el no estaba muy lejos. Me dio las gracias, y eso fue la noche. Al otro día hable con María y el suceso la inspiro para pintar. Pasado unos días la policía toca mi puerta. Había una cámara que había grabado todo el suceso. Me fui preso. Me quedan unos cuantos años.
María vino a visitarme por casi un año, hasta que entendió que no era ayuda ni para ella ni para mi vernos de esa manera. Me dijo que a penas saliera, de salir, que la ubicara. Acá logre hacer buenos amigos, fue mucha coincidencia encontrarme con Alejandro dando vueltas por el patio. No me iba mal en las peleas. Después de un tiempo se hicieron menos seguidas, pero no han cesado nunca. A veces peleamos por gusto, por falta de afecto, o por aburrimiento.

sábado, 24 de marzo de 2012

DUENDE PIZZA

Iba por la carretera. Nada me detenía. Era un felino mecánico sin rumbo fijo y estaba contento de como andaba, sin nada que hacer, follándome al mundo a mi manera. Me detuve en la gasolinera para llenar el estanque de mi motocicleta y aproveche la instancia para comprar un par de botellas de agua, latas de cerveza, paquetes de cigarrillos y chocolates.
Definitivamente me estaba imponiendo- chaqueta de cuerpo, pantalones, botas, y guantes que le daban al vestuario el toque de psicópata del siglo. Mi personaje social se estaba solidificando. No es que me importe aparentar algo mas de lo que soy, pero me hace sentir cómodo ese -estilo- desde que era un pendejo loco haciendo cagadas –vi películas de pandillas, tal vez, demasiadas. Había ahorrado algunas lucas escribiendo historias tontas para unas revistas aun más tontas que las historias tontas que escribía, las cuales eran bastante tontas. También tenía otros pesos guardados dentro de una alcancía, pesos resultantes del tiempo en que vendí buenos porros. Plantaba yerba y vendía de mi propia cosecha. Putos porros tenían a todos demasiado amigables. Mi gente, incluso la más insoportable me sonreía mas seguido. Con el tiempo eso de las sonrisas y simpatías falsas me fue aburriendo hasta el punto de dejar el negocio de la yerba para evitar un entorno nocivo y poco interesante.
Mientras ahorraba plata con alguna revista, algún césped, alguna venta de porro, algún raspe y gane, era repartidor de pizza en mi propia motocicleta. Que mejor, era el puto dueño de la ciudad. Claro que solo yo lo sabia. Corría por toda las calles en mi motocicleta, girando en las esquinas y dándole prisa al movimiento- quemando las ruedas y molestando ha algunas viejas. Era el mejor repartidor de pizza, el más veloz sin duda alguna, el rey de los repartidores, el campeón y me sentía grande por no ser un puto gerente de algún banco encerrado en un terno de mierda con las bolas sudadas y una vida demasiado asegurada. Aunque a decir verdad, en aquel entonces, mi vestimenta laboral no formaba parte de las cosas que me hacían sentir un tipo respetable. Trabajaba para “Duende Pizza” el cartel y los avisos que tenían pegados y anclados alrededor de la ciudad siempre me parecieron –cosa agradable-; un grupo de duendes con apetito descomunal devorando una pizza con caras adictas vestidos de gorras verdes, chaquetas verdes, calzas naranjas, zapatos rojos.- “duende pizza, tu trébol pizza”. Era agradable, simpático, caricaturesco y nunca me dejo de llamar la atención el rostro de los duendes comilones; esas mejillas coloradas, esos ojos achinados y esas bocas llenas de queso, masa, salsa y agregados- todo eso acompañando por una expresión de felicidad sospechosa que solo un duende de verdad podría realizar. Que mierda le sucede al dueño- pensaba- este tipo debe ser un delirante bastante agradable.
Días más tarde, una noche después de follar duro con la puta del mejor culo del mundo y las tetas mas bien formadas, se me antojo una pizza a la cual Cristina fue invitada. Veras, nunca se me han dado bien las relaciones amorosas, creo que soy un tanto nihilista y bueno, Cristina tiene lo suyo y mas. Sabe mantener una conversación mejor que el común de la gente. Como diría yo, una princesa en el lugar equivocado. Busque el número de Duende Pizza en su guía telefónica y llame. Cuando llego el repartidor de pizza- le recibí la pizza rápidamente y le di su merecida propina. A penas le vi sentí un leve mareo, como cuando despiertas después de una migraña de mierda taladracráneo… el repartidor iba vestido de duende… pantalones verdes, bermudas verdes, casco verde- con un trébol al centro de color naranja, calzas naranjas, zapatos rojos, guantes rojos, era un maldito show. El mundo se iba poniendo mas colorido.. pero el repartidor... el repartidor tenía la cara triste, supuse que el traje no hacia juego con su personalidad, pero bueno, a quien le iba a gustar andar así de elegante “se requiere una visión particular del mundo” y yo la tenia, tenia esa visión- le decía a Cristina mientras comíamos la pizza, y ella decía que yo era un idiota mientras sonreía y reía como solo ella lo sabe hacer. Que linda sonrisa tiene Cristina. Un tiempo pensé que me enamoraba de ella. Gran problema hubiese sido seguir con ese pensamiento. Al otro día conseguí un empleo, era repartidor de pizza en Duende Pizza.
La primera semana trabaje sin mi moto, no querían torcer la mano y me daban una de sus motos de mierda, demasiado lenta. Pero yo no era tan torpe. Bombardeé al dueño con cartas explicándole adecuadamente los beneficios en común que tendríamos si yo usaba mi propia motocicleta. La rapidez de los envíos, los clientes contentos y la explotación de mi persona. Pero el no lo sabia, yo amaba mi motocicleta mas que a cualquier cosa, velocidad, adrenalina, ya me faltaba poco. Aguanta un poco mas- me decía, un poco mas de dinero y te largas mientras te entretienes desenredando este negocio de mierda con sus locos duendes gordos y risueños.
El uniforme te hacia sentir un esclavo veraniego. Lleve un buen tiempo sin ver siquiera un puto día al dueño, ni un día, preguntaba por el, pero estaban todos locos allí. Nadie sabia muy bien para quien trabajaba. El tiempo avanzaba y yo me iba sintiendo ridículo. Toda la gente en cuanto te veía vestido a lo duende se reía por mucho que intentaran contenerse. Había que tener aguante. -Yo soy un tipo alegre, tengo buen humor. Aprendí a la mala, esta bien, pero no me jodan demasiado que no soy bufón y ya me estaba reventando el seso andar de payaso y mas aun con esa chaqueta horrible que me apretaba mi hermosa panza ponchera que tanto esfuerzo me ha llevado construir. Pero fui paciente, muy paciente, mas amaba los recorridos en mi motocicleta de lo que odiaba mi vestimenta. Veras, mi vida es bastante extraña siento que sobre las ruedas a me salen un par de alas. Tal vez soy un niño. Demasiado infantil- me gusta la sensación del vuelo. Tal vez por eso no me establecí como todo el resto, o quien sabe, tal vez tengo las bolas para mandar todo a la mierda y hacer lo que me gusta, tal vez soy mas sabio de lo que pensaba, tal vez le perdí el miedo a los dragones del ejemplo y la publicidad que atacan desde el primer instante con sus llamas plagadas en prototipos consumistas y ficciones sobre derrotas e infiernos demasiadas temibles como para correr algún riesgo que valga la vida. O tal vez es mucho mas simple aun, tal vez me excita el sonido del motor.
El tema es el siguiente; estaba reuniendo dinero, tenía una idea difusa de lo que quería hacer. Sabia que quería largarme, aun no estaba seguro a donde, pero algo estaba claro, necesitaba dinero y no quería volver- “sur sur sur sur” rebotaba en mi cabeza sin intención de parar. El aroma, es el maldito aroma y el color y el aire y todas esas cosas que no estaban donde estuve.
Volví a ver a Cristina. La fui a buscar en moto a su departamento y fuimos a los rieles viejos por donde solían andar los trenes cuando eran jóvenes. No era una puta cualquiera, le pagaba, follábamos, pero no éramos solo puta y putero. Había algo en el aire, una especie de amistad con yapa que ninguno quiso bautizar. Yo le continuaba pagando para no dar paso a donde las cosas se confunden y los dramas se ponen morados y enredados- ya esta comprobado lo nocivo que brota de ese tipo de situaciones tan delicadas. No solo me mandaba a Cristina por su forro su culo y sus tetas y su rostro indiscutiblemente bello, sino por su compañía- solo un necio negaría el resto de las cosas que Cristina tiene. Sentía que había algo honesto entre nosotros. Probablemente su familia había sido casi la misma escoria que la mía. Yo ya estaba cansado. Era la única mina que me tiraba ese año y no me dejaba enganchar lo suficiente por nuestras juntas. Sabia que yo era un tipo solitario, me gustaba eso, estar conmigo mismo sin apegos, cosas así, libertad. Aunque claro, no podría negar que también me gustaba estar ahí. Quizás si el cosmos nos hubiese favorecido todo hubiese sido distinto...
Conversamos algunas cosas, algo dije del misterio del dueño de el Duende Pizza, se volvió a reír. Bonita sonrisa. Me contó alguno de sus sueños. Que le gustaba el paracaidismo y que estaba saliendo con un mal tipo. Un tipo importante, con dinero y casado, al cual se pretendía cagar con plata e irse a Europa. Era un plan que llevaría tiempo. Note que lo tenía todo planeado de una manera elegante. Me alegre por ella. Fue la última vez que la vi. Fue una buena tarde.
Seguía avanzando el tiempo y el desgraciado y misterioso y imaginariamente exótico dueño de Duende Pizza seguía sin revelar su identidad. Debo confesar que en ciertos momentos llegué a pensar que el idiota podía efectivamente ser un duende que se escondía en las alcantarillas de la ciudad con algún plan macabro. Yo me daba cuenta que para ese entonces era el repartidor de pizza mas viejo de Duende Pizza, con mayor estadía allí, me sentía un sobreviviente de una guerra absurda, estaba llegando lejos, aunque no me movía de repartidor. Todos se iban, era culpa del maldito uniforme. Piensa en todos esos gordos y delgados con sus orgullos, especialmente sus aspiraciones altas a ser grandes hombres algún día. Jóvenes emprendedores, conquistadores, entrando por la puerta principal a pecho inflado pero al cabo de cinco minutos ya vestidos de duendes el mundo se les iba a las ruinas mas bajas, especialmente por esos zapatos rojos y esas calzas naranjas y ese gran casco con su gran trébol. Tenias que ser fuerte o amante de los dibujos animados para estar allí por mucho tiempo, y de algún forma todo ese gran chiste me provocaba cierto placer.
Luego de un largo día de trabajo era la noche de algún 29 de no recuerdo que mes. Había recorrido en mi moto todos los extremos de la ciudad vestido de duende y ya estaba hecho trizas. Me fui a tomar un par de vinos donde Tito, no lo veía hace tiempo, el era padre de familia, habíamos sido compañeros cuando pendejos y hicimos buenas cagadas juntos. Un dentista y un repartidor de pizzas de Duende Pizza sentados en un living muy bien cuidado y de claro dominio femenino. Tito, el buen tipo. Dure poco tiempo bajo su techo, su esposa me miraba como si fuera un bicho raro y muy poca cosa. Odio esa clase de mujeres -maldita mujer porque me mirara así cada vez que me ve. Definitivamente su cerebro esta totalmente embrutecido con las mierdas de las mierdas. Pobre Tito, pero bueno, no esta mal, sonríe y después de todo supongo que cumplió con sus expectativas. 
Al otro día era 30, me pagarían, siempre el ultimo puto día, maldito duende cuando te encuentre… Me sorprendí cuando iba llegando con mi amada motocicleta y vi desde lejos que afuera de la entrada había un gran y elegante auto color blanco marca mercedes cueck. Aparque mi moto en la zona de aparcamiento y al entrar a Duende Pizza el triste cajero me dice que el jefe me esta esperando en la oficina, me explico donde estaba la oficina- estaba conociendo el segundo piso, era un mundo nuevo para mi. Olvide decir un detalle, al cajero allí lo visten de trébol.
Al llegar al segundo piso, vi un desorden amigable, con disfraces de zanahorias y otras cosas, y se me vino a la cabeza- este tipo debe estar realmente desquiciado... el personal de la cocina debe estar vestido de alimentos. Me acerque a la puerta que indicaba ser la del dueño. El momento de la verdad se me venia encima. La puerta estaba pintada amarilla y estaba entreabierta. Una vez allí adentro, una vez que lo vi, todo fue cobrando forma y volví a sentir ese maldito mareo que sucede cuando me sorprende la vida. El puto media mas de dos metros y era imposible que no llamara la atención. Me imagine toda su vida con solo mirarlo.
-Te felicito gran hijo de las mil putas has sido el cabron que mas me ha durado- me dijo, tan serio como un muerto y tan rápido como un relámpago.
-Gracias.
-Quiero que me escuches con atención, hoy te largas. Te daré un maletín lleno de dinero que debería mantenerte vivo por un largo tiempo, entiendes?
-Si.
-Alguna pregunta?!
-Por que no te vi antes gigantón?
-Esta no es mi única fuente de ingresos, veras, estos es solo mi venganza contra la sociedad y contra dios. no ves la ironía de todo esto? soy demasiado alto, todo el mundo me mira, se ríe, mi vida fue un dolor de estomago permanente, y ahora solo les devuelvo la mano.- Miró hacia el suelo como observando cada uno de sus traumas infantiles, se saco sus grandes lentes negros y luego continuo mirándome a los ojos fijamente diciendo; yo hago disfraces, soy conocido por eso, aprovecho mi verdadero talento para mi venganza, pero no soy tan malo, después de todo hago las mejores pizzas de esta puta ciudad, no te olvides de eso.
Hubo un momento incomodo de silencio, no supe muy bien que decir, alguna estupidez habré dicho, solo recuerdo lo ultimo:
-Muy agradecido de sus honestas palabras, adiós.
El tipo estaba loco.
Antes de salir de Duende pizza, le di una palmadita en el hombro al trébol y le regale una buena suma de dinero, le recomendé renunciar al finalizar el día, no antes, que de lo contrario me podía cagar los planes. El dueño del local era un tipo realmente extraño, pero yo no era quien para pensarle loco a él. Yo también estoy loco o al menos mucha gente piensa que lo estoy, la vida es así. Ese día pensé mucho en aquel tipo, mi gran jefe, si hubiera tipos que se venguen del mundo y de dios de maneras tan graciosas como el, esto seria mucho más claro e interesante.
La vida me sonreía como nunca, no me explicaba muy bien las cosas, los últimos meses a pesar de todo el episodio de Duende Pizza habían tenido cosas especiales. Me robe el uniforme de duende y se lo envíe de regalo a Cristina con parte del dinero que me dio el gigantón. Realmente el tipo me había ayudado. Debe irle bastante bien con sus disfraces- la plata que me dio no fue poca. Yo y mi moto sigo recorriendo el sur haciendo las cosas bien, sigo yéndome a la mierda de vez en cuando, como todo mortal, pero que mas da, ahora estoy más cerca de donde debo estar.

miércoles, 15 de febrero de 2012

DETECTIVE DE BASURAS


El día se estaba derritiendo y toda la gente se estaba secando con la ciudad. Yo estaba en mi departamento y me encontraba ansioso, con penas arruinándome la soledad. Fui por un par de frutas al mercado. Siempre las frutas me han parecido buenas para el ánimo, sus colores y sus sabores tienen algo exclusivo y saber que su naturaleza es digna del consumo hace de ellas un buen antidepresivo. Una buena ensalada de fruta en el estomago… pero para mi suerte no cambio nada. Ninguna fruta fue capaz de calmar la ansiedad dominante. Al rato lo mismo de hace días.
Los últimos meses habían sido oscuros. No de los más terribles, pero bastante duros e incómodos. Me sentía mal conmigo mismo, desconforme, superado por la sucia sociedad y sus jerarquías y burocracias y teatralidades y creencias y valores. No entendía muy bien las cosas y las borracheras, drogas y mujeres habían desaparecido de mi vida. Era tal vez yo el que me alejaba de todo pero no lo sabia muy bien, me parecía todo muy confuso como estar entre una niebla espesa en una noche de mierda que se mastica una y otra vez hasta el punto en que pierde el gusto y ya no tiene sentido seguir masticando y bienvenido aburrimiento ya no hay nada que hacer y ya no sabia lo que supuestamente debía hacer si es que de eso se tratase todo lo que llaman existir o sobrevivir o vivir o lo que sea- me gusta mas el silencio, pero esos días ni el silencio me quería, mas me odiaba... con sus arrastres haciendo crujidos bajo la pared del craneo y produciendo lamentos lunares en noches de cansancio e insomnio. No servia para visitar a nadie, la gente me estaba empezando a dar asco y por algún motivo empecé a sentir peligroso el hecho de estar rodeado de mentes tan frágiles como la mía, de seres humanos tan jodidos, con tantas preguntas, poco que hacer, mucho que hacer, y tanta ambivalencia metida entre medio de todo el ser. No podía confiar en mí, no podía confiar en ellos. Me estaba yendo al suelo, cayendo por un agujero que bien conocía, sabia que era peligroso, lo sabia, tenia el aroma familiar de hace años. Yo te había visto hijo de puta -le decía- me vienes a buscar igual que antes, igual que siempre, y te iras, y así mismo volverás a buscarme para volver a cagarte en mi. Me sentí amado por el vacío, fue una sensación idiota y sin sentido. El abandono social, toda la gente esta loca, todos se buscan de alguna forma torpe o inteligente, de manera instintiva para presionar su fragilidad con la de otro hasta trizar el vidrio que nos separa para fusionar toda las curvas y los ruidos que habitan en nuestro aire con el fin de sentirnos acompañados en el mas puro caos del andar. Demasiado absurdo. -El abandono- dios se fue de copas y de coma.
Así seguían los días. En las noches el pensamiento era como una bala que no frenaba e intentar detenerlo lo aceleraba el doble. Era mejor reconocer que estabas en la mismísima mierda, aunque fuera una mierda ilusoria, mierda al fin y al cabo. -Una vez un buen tipo con buenas intenciones tratando de aliviar mi condición me dijo ante mi evidente insomnio que pensara en una palabra una y otra vez y así de pronto caería dormido sin darme cuenta. Lo intente varias veces hasta que note que el bastardo me había estado mintiendo, o que a el le habían estado mintiendo, o que a el que le había dicho eso le habían estado mintiendo. Que atrosidad mas grande, el pensamiento no paraba nunca y me estaba asustando hasta hacerme temblar. Me ha salvado la música, la gran radio. Me ha costado encontrar la emisora mágica, la emisora del sueño, la que te lleva al universo y te devuelve en una nube, la de la música clásica. El resto era un bodrio de cumbias y sonidos demasiado alegres. No necesito música de circo estas noches-pensaba, estas noches necesito música clásica, música de funeral, estos meses me estoy muriendo- déjenme morir en paz. Era idiota catalogar a la cumbia como música circense y la clásica como fúnebre, pero fue un pensamiento rápido, esos días todo estaba perdiendo peso.
Bueno, la tarde, la tarde se estaba derritiendo, y toda la gente se estaba secando con la ciudad. Y las frutas antidepresivas no dieron resultado. Me dio por salir a la calle. Tome mi cámara fotográfica y mi bicicleta. Hace cuanto que no andaba en bicicleta? – pedaleé por todas partes, recorrí las calles donde están esas casas y edificaciones con aromas viejos a sastres y zapateros y polvos rojizos y gatos y perros sucios, y algunas plazas con árboles raros y bancas abandonadas en donde solo quedaron nombres tallados a cortaplumas. Fui al bar Lobos por un trago y me entretuve conversando con el barman que siempre te pone la buena cara y responde a todas tus huevadas aunque no quiera pero lo hace para hacer algo y como yo no estaba haciendo nada, que mas da, hablemos entre dos almas desabridas por un momento, tomemosnos de las manos en esta ironica experiencia. Ya me iba sintiendo un poquito mejor, y saliendo del bar desencadene mi bicicleta para ir donde Fernández a comprar tabaco rubio.
La tarde estaba hirviendo como pocas veces y el sudor impregno la ropa a mi cuerpo haciéndome sentir un cerdo sucio y maloliente. Pase por casa después de comprar el tabaco, me duche y deje la bicicleta allí. Al salir, me entretuve en la calle sacando fotos de la basura, me sentía como un detective de la mierda, me pareció interesante ese hecho “detective de la mierda” “la historia de la basura”, no eran ideas muy profundas, eso las hacia mas interesantes y menos estructuradas, me gusta el sabor de las cosas desparramadas. Me entristecí con el envoltorio -rosado y blanco- de un helado pegado al suelo con la mitad del mismo helado en su interior a medio derretir. Seguramente el pendejo menso lo había dejado caer hace no mas de cinco minutos- me lo imagine mórbido y pecoso. Ya era un detective de basuras, uno penca y chanta. 
Me fui sintiendo mejor esa tarde con mis fotografías. No fueron las únicas cosas que fotografíe- las fotos valían mierda, y en las fotos salían mierdas y como fotógrafo soy una mierda, pero entre medio de todo había algo interesante, tenia la esperanza de que en algún punto serviría de algo archivar todo eso. Me fui a la plaza, a una de las tantas de los árboles raros a enrolar tabaco y meditar y sentirme un poco mejor, un poco mas relleno, ya mas fuerte para enfrentar todo este infierno. Hoy fui un detective de basuras, tal vez así es como la gente sobrevive, imaginando entre sus cráneos que son grandes cosas- gracioso pensar, elegí ser detective de basuras. 
Seguí en la plaza fumando de mi tabaco acompañado de dos perros sucios y las ideas se fueron elevando como globos con helio. Sabia que eso no duraría por siempre y supe que mi cabeza en unos cuantos días volvería a irse a la mierda nuevamente, y es que yo no fui hecho para disfrutar de estas cosas por mucho tiempo- pensé. Y los perros ladraban. Se hizo de noche. Mas tarde me fui a casa a llamar por teléfono, y todo volvió a ser más pasable.
A fin de año lo entendí todo, la puta ciudad se estaba derritiendo y yo estaba adelgazando.

martes, 14 de febrero de 2012

AMIGABLE IDIOTA

Hace un par de noches vino un amigo, uno de los viejos. Se presento como siempre, con sus ropas viejas y coloridas con aromas a mafiosos muertos. Vino a debatir la vida y desenredar y enredar sus problemas, los míos, y los que compartimos- básicamente ha revolverlo todo para terminar en exactamente la misma condición, una maldita licuadora, un maldito chiste. Y entonces tras todas las paces, las balas, estacas y palmas abre su billetera y me enseña con cierto orgullo (que pude notar en sus cejas) un papel doblado y sucio con señales de un buen recorrido. Antes de irse "el licuadora" me recomendó entre sus extrañas risas sobreactuadas que leyera el contenido del papel. Yo molesto dije con tono y gesto desinteresado que lo leería dejando el papel sobre la nueva mesa coja (que días antes había recogido de la calle en un estado mucho mas terrible que en el que se encuentra actualmente), digo molesto ya que la conversación en cierto punto se puso bastante infantil y me pareció que mi apreciado amigo se iba tornado en un amigable idiota sonriente de continuas contradicciones desagradables- ya esa simple idea me decía que el texto sabia a culo de cerdo. Después de su retirada me lancé sobre la cama a ver si encontraba alguna película que me distanciara lo suficiente de este mundo aburrido como para poder decirle buenas noches y que dentro de esa noche mi mente pudiera crear un mundo menos aburrido que este y así al menos vivir aunque sea solo por efímera presencia en un universo que gire en torno a otras cosas menos aburridas. Lamentablemente en la televisión de aquella noche no había nada bueno que ver, y lo bueno que había era dolor de estomago y –verdad-, no me faltaba.
El televisor apagado, la luz del velador encendida, regrese al living sin antes ir por una cerveza helada que estaba esperándome sentada en la nevera tomando una siesta en una pose extraña, “pose de lata” pensé, y luego pensé en el gran numero de idioteces que pienso al día. Maldito sillón, es tan cómodo que es imposible sentarse bien, de cualquier manera en la que te sientes el desgraciado te encorva hasta que acabas recostado listo para los brazos de Morfeo, pero yo no podía esa noche conciliar el sueño, era demasiado temprano para mi y el cerebro aun estaba en una motocicleta sobre la carretera de quien sabe que país mental. Maldecido el sillón se quedo sin un cojín que me ha servido de apoya raja para el trasero y la cerveza desangrándose en mi boca lentamente. Que momento de mierda, pero al menos es algo, eso es lo que me digo de esos momentos, al menos es algo, ese breve espacio de libertad, de pausa, de absoluto nada, de yo mismo, de basta tu y tus palabras y esos sueños tan industriales y deseos flojos, al menos aquí yo y esta cerveza soy dios de este momento que se mece en estos muros en donde se encierra mi vida que después de todo, aunque no me agrade, no esta mal. Y en esa infinidad de cosas, de abismos blancos, silencios amarillos, planetas rojos, marcianos asesinos, y tristes seres humanos, de pronto sobre la mesa comenzó a vibrar -el papel doblado- que no podía apartar de mis ojos por mucho tiempo, era el texto del amigable idiota que por mas que mis ojos intentaban evitar su maldita estupita presencia seguía allí llamándome moviendo lentamente su largo dedo índice como diciendo; ven, ven a mi, ábreme, como puedes juzgarme tú, ser de ridícula temporalidad, ven y léeme pequeño cobarducho! AHORA!. No pude evitar la sorpresa… mis parpados se abrieron como hocico cantor al ver que el titulo del texto decía “ EL IDIOTA”, tal coincidencia me brindo una risotada que me hizo hasta escupir cerveza sobre el papel, fue un momento –pá raro- como diría el amigable idiota. Leí el texto, no era tan mierda, estaba bueno, y disfrute un par de cigarros pensando en la honestidad del autor al escribirlo, realmente era un idiota bien sincero y se entretenía en describir lo que allí estaba plasmado con cierto morbo y sarcasmo-un idiota inteligente?, que bichos mas raros, y lo peor es que me he sentido identificado con el puto texto- aquella identificación me dio un toque de rabia que me duro hasta el amanecer, me ha revelado lo pequeño que se hace mi cerebro con el paso del tiempo y se me vino la imagen de una bomba atómica.
El idiota me recomendó el texto, el idiota?