Iba por la carretera. Nada me detenía. Era un felino mecánico sin rumbo fijo y estaba contento de como andaba, sin nada que hacer, follándome al mundo a mi manera. Me detuve en la gasolinera para llenar el estanque de mi motocicleta y aproveche la instancia para comprar un par de botellas de agua, latas de cerveza, paquetes de cigarrillos y chocolates.
Definitivamente me estaba imponiendo- chaqueta de cuerpo, pantalones, botas, y guantes que le daban al vestuario el toque de psicópata del siglo. Mi personaje social se estaba solidificando. No es que me importe aparentar algo mas de lo que soy, pero me hace sentir cómodo ese -estilo- desde que era un pendejo loco haciendo cagadas –vi películas de pandillas, tal vez, demasiadas. Había ahorrado algunas lucas escribiendo historias tontas para unas revistas aun más tontas que las historias tontas que escribía, las cuales eran bastante tontas. También tenía otros pesos guardados dentro de una alcancía, pesos resultantes del tiempo en que vendí buenos porros. Plantaba yerba y vendía de mi propia cosecha. Putos porros tenían a todos demasiado amigables. Mi gente, incluso la más insoportable me sonreía mas seguido. Con el tiempo eso de las sonrisas y simpatías falsas me fue aburriendo hasta el punto de dejar el negocio de la yerba para evitar un entorno nocivo y poco interesante.
Mientras ahorraba plata con alguna revista, algún césped, alguna venta de porro, algún raspe y gane, era repartidor de pizza en mi propia motocicleta. Que mejor, era el puto dueño de la ciudad. Claro que solo yo lo sabia. Corría por toda las calles en mi motocicleta, girando en las esquinas y dándole prisa al movimiento- quemando las ruedas y molestando ha algunas viejas. Era el mejor repartidor de pizza, el más veloz sin duda alguna, el rey de los repartidores, el campeón y me sentía grande por no ser un puto gerente de algún banco encerrado en un terno de mierda con las bolas sudadas y una vida demasiado asegurada. Aunque a decir verdad, en aquel entonces, mi vestimenta laboral no formaba parte de las cosas que me hacían sentir un tipo respetable. Trabajaba para “Duende Pizza” el cartel y los avisos que tenían pegados y anclados alrededor de la ciudad siempre me parecieron –cosa agradable-; un grupo de duendes con apetito descomunal devorando una pizza con caras adictas vestidos de gorras verdes, chaquetas verdes, calzas naranjas, zapatos rojos.- “duende pizza, tu trébol pizza”. Era agradable, simpático, caricaturesco y nunca me dejo de llamar la atención el rostro de los duendes comilones; esas mejillas coloradas, esos ojos achinados y esas bocas llenas de queso, masa, salsa y agregados- todo eso acompañando por una expresión de felicidad sospechosa que solo un duende de verdad podría realizar. Que mierda le sucede al dueño- pensaba- este tipo debe ser un delirante bastante agradable.
Días más tarde, una noche después de follar duro con la puta del mejor culo del mundo y las tetas mas bien formadas, se me antojo una pizza a la cual Cristina fue invitada. Veras, nunca se me han dado bien las relaciones amorosas, creo que soy un tanto nihilista y bueno, Cristina tiene lo suyo y mas. Sabe mantener una conversación mejor que el común de la gente. Como diría yo, una princesa en el lugar equivocado. Busque el número de Duende Pizza en su guía telefónica y llame. Cuando llego el repartidor de pizza- le recibí la pizza rápidamente y le di su merecida propina. A penas le vi sentí un leve mareo, como cuando despiertas después de una migraña de mierda taladracráneo… el repartidor iba vestido de duende… pantalones verdes, bermudas verdes, casco verde- con un trébol al centro de color naranja, calzas naranjas, zapatos rojos, guantes rojos, era un maldito show. El mundo se iba poniendo mas colorido.. pero el repartidor... el repartidor tenía la cara triste, supuse que el traje no hacia juego con su personalidad, pero bueno, a quien le iba a gustar andar así de elegante “se requiere una visión particular del mundo” y yo la tenia, tenia esa visión- le decía a Cristina mientras comíamos la pizza, y ella decía que yo era un idiota mientras sonreía y reía como solo ella lo sabe hacer. Que linda sonrisa tiene Cristina. Un tiempo pensé que me enamoraba de ella. Gran problema hubiese sido seguir con ese pensamiento. Al otro día conseguí un empleo, era repartidor de pizza en Duende Pizza.
La primera semana trabaje sin mi moto, no querían torcer la mano y me daban una de sus motos de mierda, demasiado lenta. Pero yo no era tan torpe. Bombardeé al dueño con cartas explicándole adecuadamente los beneficios en común que tendríamos si yo usaba mi propia motocicleta. La rapidez de los envíos, los clientes contentos y la explotación de mi persona. Pero el no lo sabia, yo amaba mi motocicleta mas que a cualquier cosa, velocidad, adrenalina, ya me faltaba poco. Aguanta un poco mas- me decía, un poco mas de dinero y te largas mientras te entretienes desenredando este negocio de mierda con sus locos duendes gordos y risueños.
El uniforme te hacia sentir un esclavo veraniego. Lleve un buen tiempo sin ver siquiera un puto día al dueño, ni un día, preguntaba por el, pero estaban todos locos allí. Nadie sabia muy bien para quien trabajaba. El tiempo avanzaba y yo me iba sintiendo ridículo. Toda la gente en cuanto te veía vestido a lo duende se reía por mucho que intentaran contenerse. Había que tener aguante. -Yo soy un tipo alegre, tengo buen humor. Aprendí a la mala, esta bien, pero no me jodan demasiado que no soy bufón y ya me estaba reventando el seso andar de payaso y mas aun con esa chaqueta horrible que me apretaba mi hermosa panza ponchera que tanto esfuerzo me ha llevado construir. Pero fui paciente, muy paciente, mas amaba los recorridos en mi motocicleta de lo que odiaba mi vestimenta. Veras, mi vida es bastante extraña siento que sobre las ruedas a me salen un par de alas. Tal vez soy un niño. Demasiado infantil- me gusta la sensación del vuelo. Tal vez por eso no me establecí como todo el resto, o quien sabe, tal vez tengo las bolas para mandar todo a la mierda y hacer lo que me gusta, tal vez soy mas sabio de lo que pensaba, tal vez le perdí el miedo a los dragones del ejemplo y la publicidad que atacan desde el primer instante con sus llamas plagadas en prototipos consumistas y ficciones sobre derrotas e infiernos demasiadas temibles como para correr algún riesgo que valga la vida. O tal vez es mucho mas simple aun, tal vez me excita el sonido del motor.
El tema es el siguiente; estaba reuniendo dinero, tenía una idea difusa de lo que quería hacer. Sabia que quería largarme, aun no estaba seguro a donde, pero algo estaba claro, necesitaba dinero y no quería volver- “sur sur sur sur” rebotaba en mi cabeza sin intención de parar. El aroma, es el maldito aroma y el color y el aire y todas esas cosas que no estaban donde estuve.
Volví a ver a Cristina. La fui a buscar en moto a su departamento y fuimos a los rieles viejos por donde solían andar los trenes cuando eran jóvenes. No era una puta cualquiera, le pagaba, follábamos, pero no éramos solo puta y putero. Había algo en el aire, una especie de amistad con yapa que ninguno quiso bautizar. Yo le continuaba pagando para no dar paso a donde las cosas se confunden y los dramas se ponen morados y enredados- ya esta comprobado lo nocivo que brota de ese tipo de situaciones tan delicadas. No solo me mandaba a Cristina por su forro su culo y sus tetas y su rostro indiscutiblemente bello, sino por su compañía- solo un necio negaría el resto de las cosas que Cristina tiene. Sentía que había algo honesto entre nosotros. Probablemente su familia había sido casi la misma escoria que la mía. Yo ya estaba cansado. Era la única mina que me tiraba ese año y no me dejaba enganchar lo suficiente por nuestras juntas. Sabia que yo era un tipo solitario, me gustaba eso, estar conmigo mismo sin apegos, cosas así, libertad. Aunque claro, no podría negar que también me gustaba estar ahí. Quizás si el cosmos nos hubiese favorecido todo hubiese sido distinto...
Conversamos algunas cosas, algo dije del misterio del dueño de el Duende Pizza, se volvió a reír. Bonita sonrisa. Me contó alguno de sus sueños. Que le gustaba el paracaidismo y que estaba saliendo con un mal tipo. Un tipo importante, con dinero y casado, al cual se pretendía cagar con plata e irse a Europa. Era un plan que llevaría tiempo. Note que lo tenía todo planeado de una manera elegante. Me alegre por ella. Fue la última vez que la vi. Fue una buena tarde.
Conversamos algunas cosas, algo dije del misterio del dueño de el Duende Pizza, se volvió a reír. Bonita sonrisa. Me contó alguno de sus sueños. Que le gustaba el paracaidismo y que estaba saliendo con un mal tipo. Un tipo importante, con dinero y casado, al cual se pretendía cagar con plata e irse a Europa. Era un plan que llevaría tiempo. Note que lo tenía todo planeado de una manera elegante. Me alegre por ella. Fue la última vez que la vi. Fue una buena tarde.
Seguía avanzando el tiempo y el desgraciado y misterioso y imaginariamente exótico dueño de Duende Pizza seguía sin revelar su identidad. Debo confesar que en ciertos momentos llegué a pensar que el idiota podía efectivamente ser un duende que se escondía en las alcantarillas de la ciudad con algún plan macabro. Yo me daba cuenta que para ese entonces era el repartidor de pizza mas viejo de Duende Pizza, con mayor estadía allí, me sentía un sobreviviente de una guerra absurda, estaba llegando lejos, aunque no me movía de repartidor. Todos se iban, era culpa del maldito uniforme. Piensa en todos esos gordos y delgados con sus orgullos, especialmente sus aspiraciones altas a ser grandes hombres algún día. Jóvenes emprendedores, conquistadores, entrando por la puerta principal a pecho inflado pero al cabo de cinco minutos ya vestidos de duendes el mundo se les iba a las ruinas mas bajas, especialmente por esos zapatos rojos y esas calzas naranjas y ese gran casco con su gran trébol. Tenias que ser fuerte o amante de los dibujos animados para estar allí por mucho tiempo, y de algún forma todo ese gran chiste me provocaba cierto placer.
Luego de un largo día de trabajo era la noche de algún 29 de no recuerdo que mes. Había recorrido en mi moto todos los extremos de la ciudad vestido de duende y ya estaba hecho trizas. Me fui a tomar un par de vinos donde Tito, no lo veía hace tiempo, el era padre de familia, habíamos sido compañeros cuando pendejos y hicimos buenas cagadas juntos. Un dentista y un repartidor de pizzas de Duende Pizza sentados en un living muy bien cuidado y de claro dominio femenino. Tito, el buen tipo. Dure poco tiempo bajo su techo, su esposa me miraba como si fuera un bicho raro y muy poca cosa. Odio esa clase de mujeres -maldita mujer porque me mirara así cada vez que me ve. Definitivamente su cerebro esta totalmente embrutecido con las mierdas de las mierdas. Pobre Tito, pero bueno, no esta mal, sonríe y después de todo supongo que cumplió con sus expectativas.
Al otro día era 30, me pagarían, siempre el ultimo puto día, maldito duende cuando te encuentre… Me sorprendí cuando iba llegando con mi amada motocicleta y vi desde lejos que afuera de la entrada había un gran y elegante auto color blanco marca mercedes cueck. Aparque mi moto en la zona de aparcamiento y al entrar a Duende Pizza el triste cajero me dice que el jefe me esta esperando en la oficina, me explico donde estaba la oficina- estaba conociendo el segundo piso, era un mundo nuevo para mi. Olvide decir un detalle, al cajero allí lo visten de trébol.
Al llegar al segundo piso, vi un desorden amigable, con disfraces de zanahorias y otras cosas, y se me vino a la cabeza- este tipo debe estar realmente desquiciado... el personal de la cocina debe estar vestido de alimentos. Me acerque a la puerta que indicaba ser la del dueño. El momento de la verdad se me venia encima. La puerta estaba pintada amarilla y estaba entreabierta. Una vez allí adentro, una vez que lo vi, todo fue cobrando forma y volví a sentir ese maldito mareo que sucede cuando me sorprende la vida. El puto media mas de dos metros y era imposible que no llamara la atención. Me imagine toda su vida con solo mirarlo.
-Te felicito gran hijo de las mil putas has sido el cabron que mas me ha durado- me dijo, tan serio como un muerto y tan rápido como un relámpago.
-Gracias.
-Quiero que me escuches con atención, hoy te largas. Te daré un maletín lleno de dinero que debería mantenerte vivo por un largo tiempo, entiendes?
-Si.
-Alguna pregunta?!
-Por que no te vi antes gigantón?
-Esta no es mi única fuente de ingresos, veras, estos es solo mi venganza contra la sociedad y contra dios. no ves la ironía de todo esto? soy demasiado alto, todo el mundo me mira, se ríe, mi vida fue un dolor de estomago permanente, y ahora solo les devuelvo la mano.- Miró hacia el suelo como observando cada uno de sus traumas infantiles, se saco sus grandes lentes negros y luego continuo mirándome a los ojos fijamente diciendo; yo hago disfraces, soy conocido por eso, aprovecho mi verdadero talento para mi venganza, pero no soy tan malo, después de todo hago las mejores pizzas de esta puta ciudad, no te olvides de eso.
Hubo un momento incomodo de silencio, no supe muy bien que decir, alguna estupidez habré dicho, solo recuerdo lo ultimo:
-Muy agradecido de sus honestas palabras, adiós.
El tipo estaba loco.
Antes de salir de Duende pizza, le di una palmadita en el hombro al trébol y le regale una buena suma de dinero, le recomendé renunciar al finalizar el día, no antes, que de lo contrario me podía cagar los planes. El dueño del local era un tipo realmente extraño, pero yo no era quien para pensarle loco a él. Yo también estoy loco o al menos mucha gente piensa que lo estoy, la vida es así. Ese día pensé mucho en aquel tipo, mi gran jefe, si hubiera tipos que se venguen del mundo y de dios de maneras tan graciosas como el, esto seria mucho más claro e interesante.
La vida me sonreía como nunca, no me explicaba muy bien las cosas, los últimos meses a pesar de todo el episodio de Duende Pizza habían tenido cosas especiales. Me robe el uniforme de duende y se lo envíe de regalo a Cristina con parte del dinero que me dio el gigantón. Realmente el tipo me había ayudado. Debe irle bastante bien con sus disfraces- la plata que me dio no fue poca. Yo y mi moto sigo recorriendo el sur haciendo las cosas bien, sigo yéndome a la mierda de vez en cuando, como todo mortal, pero que mas da, ahora estoy más cerca de donde debo estar.
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